Zhenli Ye Gon solía ostentarse como agregado militar de la embajada de China en México. Así lo conoció Pietro en un restaurante de la Zona Rosa, negocio de coreanos. Ahí pactó Pietro con el mexicano de origen chino para recibir en México y trasladar a Estados Unidos a indocumentados asiáticos.
Pietro es un mote ficticio (aunque él autorizó a utilizar su nombre real). Este mexicano de 45 años, pero que aparenta diez menos, laboró un tiempo en la Procuraduría General de la República (PGR) y en la Secretaría de Gobernación (Segob).
Visitó en tres ocasiones la residencia de Sierra Madre 515, en Lomas de Chapultepec, en donde las autoridades hallaron más de 205 millones de dólares en efectivo.
Pietro supone que por esa razón está videofilmado, como podrían estarlo varios funcionarios de gobierno. Su primera reacción ante el hallazgo multimillonario fue de rabia, porque el empresario chino que manejaba tales cantidades de dinero, le regateaba hasta mil pesos en cada pago, en el lapso de 2002 a 2005 que laboró con él.
El testigo describe una actividad del más famoso oriental de las últimas semanas, hasta ahora no difundida por autoridades ni por los medios en México o en Estados Unidos:
Ye Gon sacó a centenares de ciudadanos chinos de su país. Los redocumentaba en Corea del Sur. A partir de allí eran falsos coreanos y con un pasaporte auténtico, pero a nombre de otra persona, viajaban a Francia, luego a Brasil, enseguida a Guatemala o a México, para finalmente ingresar a territorio estadounidense.
De esta manera viajaban por avión los “especiales”. Cada uno debía pagar 85 mil dólares para todo el periplo.
Pero estaban también los desvalidos, los parias que abundan en el gran país con la población más numerosa del mundo. Opositores al régimen difunden por Internet que existen hoy casi 150 millones de chinos indocumentados en su propia tierra, los que saltan la prohibición de salir de sus comunidades o provincias y van a los suburbios. Ellos son carne de trabajos pesados con sueldos míseros, un dólar por día, si acaso.
De ese conglomerado de necesitados se extraen brazos fuertes, todavía jóvenes, para sacarlos de China en embarcaciones atestadas, varias de las cuales han sido sorprendidas en costas del Pacífico mexicano o estadounidense. Estos chinos hacen el trayecto de más de dos meses por mar, muchas veces ocultos en bodegas sofocantes de barcos cargueros, para llegar a costas mexicanas o de América Central, a fin de ser introducidos a su destino final: Estados Unidos.
Los chinos llevados así a territorio estadounidense, no van tras el sueño americano como los indocumentados mexicanos, centro y suramericanos. Ellos simplemente van a ejecutar un “trabajo esclavo” en maquiladoras semiclandestinas y en campos agrícolas, apartados de toda ley.
Trato privilegiado
Por conducto de su operador en México, EL FINANCIERO descubrió esta faceta aún desconocida públicamente de Zhenli Ye Gon. Las autoridades jamás mencionaron este negocio ilícito de Zhenli Ye Gon, como traficante de personas.
Lo cierto es que se ha mostrado, en unos cuantos años, como un operador intocable y privilegiado de las secretarías de Gobernación (por medio del Instituto de Migración), de Salud (por más de diez permisos para importar “legalmente” precursores químicos para la fabricación de drogas sintéticas), Hacienda (por medio de Aduanas que le consentían el ingreso de efedrina), de la cancillería (para conseguir nacionalizaciones oficiales, comenzando con la propia), de la PGR y la PFP (cuyos agentes lo investigaron sin afectar su libertad, pero utilizaron información privilegiada para extorsionarlo hasta en tres ocasiones, según él mismo denunció en la primera entrevista que concedió en Estados Unidos).
De tan inhumano y degradante, el sistema para sacar a los chinos resulta difícil de comprender en cualquier mentalidad occidental:
Según narra con detalle el exempleado de Zhenli, se invierte en darle algún dinero a la familia _tampoco demasiado para lo que se comprometen_, a fin de que uno de sus integrantes acepte trabajar por diez años en la fábrica a la que lo van a llevar a Estados Unidos. Como garantía de que no habrá deserción, otro familiar debe quedar en prenda para “trabajo esclavo” en una maquiladora en China, sin goce de sueldo y recibiendo sólo alimentos hasta por 15 o 16 horas diarias.
“Los empapelábamos en Corea del Sur”, relata Pietro respecto de los chinos que a él le tocó recibir en aeropuertos de la ciudad de México, de Acapulco y Cancún y los que fue a recoger hasta algún hotel de Guatemala (por éstos Ye Gon le pagaba 5 mil dólares; por los más cercanos 3 mil 500).
Ninguno de los chinos así metidos de contrabando se llama como dice el pasaporte, porque esos documentos se sacan por centenares, aprovechando a indigentes y a otros pobres coreanos a los que se les da cualquier bicoca por tomarles la foto y que presten su identidad, porque jamás saldrán de su país.
¿Los quiere usted convertir en mexicanos, sean coreanos o chinos? Eso nos lo describe Pietro en la segunda parte de una entrevista que duró varias horas, en la que explica el corrupto modus operandi de la aduana en Manzanillo, Colima.
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