Disculpen por distraer su atención sobre algo que no es lo común entre nosotros -nosotras perdón-, es que… no pensé jamás tener que ver esto, saberlo de primera mano junto con los millones que ahora lo sabemos… de primera mano… ese es el problema, la mano de la humanidad que es capaz de hacer tanto daño, ¿cuál habrá sido la “primera mano” que termino con la vida de alguien por dinero? No por sobrevivencia, por necesidad, por hambre, por miedo, por ignorancia, por repulsión, por algunas de esas razones que la humanidad algunas vez encontró lógicas o cómo buena justificación para matar, no.
Me refiero a matar por dinero, avaricia, ambición, desprecio por la vida y sus significados, por negación de su propia esencia, por depredar cómo forma de vida, por tener más de algo, lo que sea, ¿cuándo fue que la humanidad se extravió y dejó de mirarse al espejo de la necesidad mutua?, en este tiempo en el que lo que sobra es información sobre los significados de cada vida que pisa el planeta, sea ésta vegetal o animal- microscópica o macro-, cada que se pierde una vida todos y todas perdemos algo, un pedacito –no celular, sino simbólico- de humanidad, pero cuando cómo ahora lo que perece es una especie, el vacío es inconmensurable, el dolor puede resultar casi imperceptible, pero si se concentran verán que algo falta y que no regresará, que se ha perdido para siempre.
No habrá nadie que sea capaz de describir con palabras, o reproducir en video, o fotogramas la belleza de esa vida que ya no está. Porque el fondo de la vida no es mostrarla, verla en lo que fue, en su potencialidad, en su intensidad mientras era tal, la belleza de la vida es que es, que está, que continúa, que persiste, que no tiene que ver con lo que hagamos o dejemos de hacer cuando logra ponerse lo suficientemente lejos del dinero, tanto cómo para estar a salvo. Por eso duele la muerte, por eso nunca será ajena la muerte de alguien, porque en cada ser humano que muere, termina una especie, una familia potencial, un proyecto de vida, porque aún cuando seamos genéticamente iguales, somos especies diversas, cultural, social, políticamente, ricas, desiguales, inequitativas, injustas si se quiere, pero diversas especies de humanidad, miles de millones, con una idea –cada quién la suya- de vida.
Pero la vida es mucho más que humana, y si duele la pérdida de humanidad, duele más aún cuando perdemos por indiferencia a las especies que no pueden establecer relaciones de reciprocidad e interacción con la humanidad, pareciera ser que ahora las especies de vida no humana en el planeta amenazan a alguna parte del capital y por ello consideran que deben ser aniquiladas, y pagan cantidades millonarias por el trofeo de la extinción, y no se dan cuenta de que esa bala que ha matado al último ciervo blanco de los casi extintos bosques de la vieja Britannia también los ha matado un poco a ellos, y a todos nosotros. Con duelo por una humanidad que fallece en medio de la indiferencia por su entorno no retornable, me despido abatido, agotado y sin más esperanza por hoy.
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